Hay cosas que se aprenden con los años. Y otras que pasan de generación en generación.
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Hay cosas que se aprenden con los años. Y otras que pasan de generación en generación.
Piensa en un oficio que has visto hacer en casa desde pequeño. En esos gestos que aprendes mirando, mucho antes de entender por qué se hacen así.
En Hacienda La Capilla, en Córdoba, Veracruz, una familia lleva más de cinco generaciones cada cosecha, también se pone a prueba.
La historia del lugar nos lleva a una hacienda del siglo XVIII, junto al antiguo Camino Real. La tradición local sitúa en sus cercanías algunos de los primeros cultivos de café de la región, hacia 1800. Más de dos siglos después, el café sigue formando parte de su vida.
A 1.100 metros de altitud, en un pequeño valle de la Sierra Madre Oriental, los cafetos crecen bajo árboles. El año trae brisas y neblinas, días de sol y lluvias de verano. Quienes trabajan la finca conocen ese ritmo y ajustan sus tareas a lo que pide cada cosecha.
Pero hay un momento del proceso que merece que nos detengamos. Después de retirar la pulpa, el café pasa doce horas fermentando en un tanque. Luego se lava y se escurre a mano. En la finca describen el punto de ese trabajo con una imagen que cuesta olvidar: el café debe sonar como piedras de río.
Imagina cuántas veces hay que haberlo hecho para reconocer ese sonido.
Después llegan las camas africanas, superficies elevadas donde el café se seca dentro de un túnel. Durante los tres primeros días, hay que removerlo cada tres horas. El secado puede durar entre siete y quince días, según el clima y la humedad.
Una y otra vez, alguien vuelve al café. Lo mueve. Comprueba cómo evoluciona. Sigue pendiente.
Ese cuidado acompaña a las variedades Parainema y Obatá de nuestra selección hasta convertirse en lo que encontrarás en la taza: fragancia a vainilla, notas de chocolate, una acidez jugosa y un cuerpo sedoso. Un café lavado con 83,25 puntos en cata.
Quizá lo compartas en una sobremesa. Quizá lo prepares para tener unos minutos contigo antes de empezar el día.
Y mientras lo disfrutas, puedes pensar en aquel gesto aprendido en familia, en el sonido de los granos al lavarse y en las manos que regresan cada tres horas para cuidar el secado.
Finca La Capilla. Una historia de generaciones que hoy puedes compartir en tu mesa.