Tu café de unos minutos lleva muchos días de cuidado.
Imagina una pequeña finca a 1.800 metros de altura, en la Sierra del Gallego de Córdoba, Veracruz. Poco más de dos hectáreas donde los cafetos crecen bajo árboles frutales y maderables.
Entre sus ramas hay aves. Entre sus flores, polinizadores. Y entre sus cultivos, una familia que conoce el trabajo que hay detrás de cada cosecha.
Ese lugar existe. Se llama Finca La Lagunilla. Aquí, el café comparte terreno con la tlanepa, una planta conocida como «hoja de agua» que también se pone a secar al sol. Cultivar ambas ayuda a sostener la economía familiar y a afrontar las dificultades del campo. Porque una finca es también el lugar del que depende una casa.
Y cuando llega el momento de secar el café, toca estar pendiente.
En este lote se utiliza el proceso Black Honey: el grano conserva parte de la capa dulce que lo envuelve, llamada mucílago. Mantenerla exige tiempo y atención. Durante las primeras seis a ocho horas, el café se remueve varias veces; después, el cuidado continúa cada día durante una semana.
Piensa en ese gesto repetido. Volver al café, moverlo, vigilar cómo va secándose. Una tarea cotidiana que termina dejando su huella en lo que tú saboreas.
En la cosecha 2022/23, el trabajo de esta finca recibió el premio Semilla de Oro a la mejor taza del programa Café Circular. Después llegó una nueva inversión: ampliar el túnel de secado y las camas africanas para seguir cuidando el proceso.
Ahora, una parte de esa historia llega a tu taza.